Era su amigo, realmente su amigo. No como esas personas que se hacen llamar amigos y luego no te saludan, ni siquiera en el día de tu cumpleaños. No. Este era un amigo de los de verdad-verdad, que te tiene presente en su corazón de manera permanente y mantiene deseos profundos de saber de ti, de saberte bien, de que la vida te vaya bonito.

Era su amigo también, porque con él podía hablar de todo realmente. Sin ningún tipo de máscaras sociales, sin ningún tipo de códigos de etiqueta, sin ningún tipo de nada de nada. Con él podía hablar de las ganas de llorar que le habían dado en el momento más feliz de su vida, o de las horribles ganas de salir corriendo que tuvo cuando más necesitaba quedarse en el lugar en el que estaba. Podía hablarle de la rabia y del dolor más intenso, así como de las tristezas “superficiales”, como cuando veía un perrito callejero solo o una planta aplastada en el jardín; cosas que a ella particularmente le dolían como si fueran tristezas profundas en el alma. Y podía hablarle de esto y mucho más sin que el la juzgara, sin que se riera, sin que le restara importancia ni siquiera al más mínimo de los acontecimientos que le compartía.

Un buen día, cuando llegaba la tarde y se comenzaban a despedir en el jardín donde habían jugado por tantos años, el le dijo que no tenía a dónde ir. En ese momento ella fue consciente de que nunca habían jugado en la casa de él, solamente en la de ella; y fue consciente también que nunca le había preguntado si quiera dónde o con quien vivía. 

— Hoy ya no puedo volver, han cerrado la puerta para siempre— dijo entre lágrimas sentado en el jardín, apoyando la espalda contra el viejo muro de ladrillo gastado, con las piernas recogidas y hundiendo su cabeza en las rodillas.

Era su amigo, su amigo del alma. Pero mientras pensaba en solucionar el asunto, recordaba que por alguna razón tampoco se lo había presentado a sus padres, nunca…¡qué descuido! 

Se sentó a su lado para consolarlo y aprovechar para pensar en cómo solucionar la situación. No podía recibirlo en su casa, ¿qué iba a decir?… “Hola papá, hola mamá, les presento a mi amigo del alma; llevo años jugando con él en el parque pero no se los había presentado nunca. Perdón. ¡Ah! A propósito, ¿podríamos permitirle que viva con nosotros? Es que no tiene casa, le cerraron las puertas y no puede volver.”

No, imposible tener esa conversación. Conociendo a papá y mamá dirían que no instantáneamente, y saldrían como locos a buscar a los papás de su amigo por cielo y tierra, armando un tremendo alboroto que lo único que lograría es hacerlo sufrir más y más a él. Ella no quería verlo llorar más, era verdaderamente extraño verlo llorar y además, le gustaba mucho más su sonrisa picarona, sus carcajadas silenciosas pero fuertemente gestualizadas con el resto del cuerpo. Él se reía con la expresión de su cuerpo más que con la misma risa.

La decisión estaba tomada: 

—Mi armario es bastante amplio. Yo creo que podrías quedarte allí— dijo; y acto seguido lo tomó de la mano y ambos entraron a la casa de puntitas por la puerta de atrás. Pasaron como fantasmas por la sala y el cuarto de lectura donde su mamá estaba sentada revisando el periódico local; pasaron como sombras por la cocina donde su papá hacia el mise en place para el almuerzo; pasaron como ninjas por el corredor de las habitaciones donde su hermano mayor intentaba una y otra vez llegar al acorde justo con su guitarra.

Cuando finalmente llegaron a su habitación, cerraron la puerta con seguro y volvieron a respirar. No se habían dado cuenta de que llevaban sin respiro desde el momento que habían tocado la manija de la puerta de ingreso. Un fuerte suspiro, profundo y largo salió de ambos, e inmediatamente después una mirada de esas de complicidad que nos hacen venir el ataque de risa. Se taparon las bocas con las manos y así, disfrutaron su silenciosa carcajada, riendo más con los ojos que con el sonido.

Le presentó su nueva casa: el armario. Él no lo mencionó, por miedo a incomodar, pero el armario le parecía un verdadero pa-ra-í-so; ¡un paraíso! 

Sin perder tiempo se acomodó, dispusieron un edredón de plumas como cama, una caja de zapatos vieja como mesa de noche, una linterna como lámpara y bueno, dejaron espacio para que pudiera colgar su ropa en las noches cuando se pusieran la pijama.

Pasaron los días, las semanas y los meses, nadie en la casa se había enterado de que había un habitante más allí. Fueron siempre muy precavidos, silenciosos y prudentes, encontrando todos los días maneras más audaces para poder salir a robarse algo de comer en la cocina, ver TV tarde en la noche cuando los demás dormían, entrar en la sala de lectura a leer muchos libros en paralelo con la linterna y en voz alta, y salir a jugar al jardín sin que se dieran cuenta. La mejor época de sus vidas, cada día era una aventura digna de ser contada en una historia de esas largas como las que tenían los libros de cuentos de hadas.

Un buen día  algo extraño sucedió. A ella se le olvidó abrirle la puerta del armario. Le oyó decir detrás de la puerta, que iría a la heladería cercana al río a encontrarse con unas amigas de la nueva secundaria a la que había entrado hacía un par de semanas. Y todo el día estuvo allí, encerrado, escondido. No se atrevió a salir por miedo a ser descubierto, al final de cuentas era ella quien siempre planeaba las estrategias de invisibilidad… el la verdad no sabía mucho de eso.

Cuando ella llegó en la tarde noche, muerta de risa y en compañía de otras dos amiguitas, abrió el armario y de un golpe botó los botines rojos que llevaba puestos cerrando la puerta rápidamente sin siquiera mirarlo. A través de la madera del armario, el sonreía sintiendo sus carcajadas con las otras niñas, otras niñas que reían en voz alta, sin cubrirse la boca para reír; carcajadas de verdad, carcajadas reales y sonoras.

Él sonrío, y sus ojos se iluminaron por última vez. Desde el fondo de su corazón de aire, se despidió de ella y le agradeció por tanta dicha. Había encontrado finalmente su camino de regreso a casa, las puertas que le habían cerrado eran las de la niñez: los amigos imaginarios deben volver al reino de la fantasía cuando los niños cruzan el umbral de la niñez a la adolescencia, y si su niño no los ha olvidado para entonces, las puertas de acceso a su mundo se cierran y ellos quedan atrapados en nuestro mundo hasta que el olvido llegue. 

Entonces, cuando son olvidados tienen la posibilidad de comenzar a disolverse, como las pequeñas partículas de polvo al sol, y así volver a su reino de nuevo.

Alejandra Ruíz Gómez
Agosto 7, 2024
Merano, Italia

4 Replies to “CARCAJADAS SILENCIOSAS”

  1. Me morí de amor desde el principio sabia q era el amigo imaginario pero ya habia comenzado la peli en mi cabeza y quería ver en que paraba! Ay Ale que lindo leerte siempre lo hago abrazos espichados

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