Pfffffffuuuuuu… pfffffffuuuuuu… pfffffffuuuuuu… sonó tres veces muy suavecito, pero Juan estaba seguro de haberlo oído.
Serían las once y algo de la noche, pero no podía saberlo con certeza porque a sus siete años cumplidos apenas estaba aprendiendo a leer el reloj. Sabía que el palito pequeño marca la hora, pero no había descifrado aún el tema del palito largo,¿cómo así que paraba en el número uno y eso eran cinco minutos, y luego si se paraba en el número tres, eran quince minutos? “Cosas que se inventan los grandes para complicarse la vida”— pensó mientras volvía a escuchar el sonido. Pfffffffuuuuuu…
Esta vez no pudo quedarse quieto esperando los siguientes dos sonidos porque la urgencia de ir al baño se lo impidió. Hacía ya meses que no tenía ningún tipo de accidente nocturno y por ningún motivo se permitiría perder su record personal.
Atravesó el corredor de alcobas con el corazón un poco acelerado, pero decidido. Llegó al baño, y se detuvo para abrir la puerta lentamente. No quería que sonara, porque ese chillido de las puertas al abrirse de noche siempre le había dado un poco de susto; pero igual la puerta sonó: ññññiiiiiiiii…
En su cabeza rápidamente pasó una imagen divertida y asustadora a la vez: si aquel sonido extraño venía también del baño, ¿se animaría a montar un concierto con el chirrido de la puerta? Mientras en su imaginación los dos sonidos se apretaban la mano y comenzaban un concierto multitudinario, levantó la tapa del water y cumplió su misión.
No había finalizado cuando el concierto del dueto fue interrumpido por un wuuuuuuu… wuuuuuuu… y por tercera vez wuuuuuuu… Movió los ojos de derecha a izquierda, bien abiertos y sin mover un milímetro la cabeza, como quien intenta identificar si algo se mueve dentro del campo visual máximo posible desde su posición. Repitió el movimiento con la cabeza quieta mientras lentamente se subía el pantalón de la pijama.
En el campo visual no había nada, pero su imaginación ya había comenzado a inventarse el origen de esos sonidos: un ser morado y blandito, con algunos ojos y brazos de más, y sobre todo muchas, muchas bocas cada una haciendo un sonido diferente. Entre más dejaba que su imaginación dibujara el personaje en su cabeza, más se acercaba con su espalda a la pared del baño; ya saben, siempre es mejor tener una pared cubriéndonos la espalda cuando comenzamos a sentir miedo. Esto no se sabe por qué es, pero al cubrirnos la espalda creemos con certeza que hay menos probabilidad de ataques de cualquier tipo de monstruo. Una cosa que simplemente saben todos y no hay que explicar de más.
Se seguía acercando lentamente a la pared cuando de repente sintió un escalofrío fuerte y al mismo tiempo como si alguien le hubiese soplado en el cuello. Juan no soportó más, ¡dio un salto y gritó! Y alcanzó a pensar que menos mal ya había hecho pipí porque si no después de este salto su record si se habría visto afectado radicalmente.
Al oír el grito, papá y mamá saltaron también de la cama. Encontraron a juan en el baño, sentado en el piso con su espalda bien apoyada contra la pared.
Muy extrañados le preguntaron qué sucedía, a lo cual Juan respondió describiendo el monstruo morado, de varios brazos y ojos, ese que tenía muchas bocas, ese que le había soplado en el cuello y lo había puesto a gritar, ese que hacía esos ruidos extraños y largos… y de repente, mientras el les transmitía la historia sonó de nuevo pfffffffuuuuuu… y luego wuuuuuuu…
– ¡Oigan, oigan! ¡¡¡Es ese, es el monstruo!!!— dijo Juan casi gritando en modalidad susurro.
Papá, que se frotaba los ojos tratando aún de despertar, bostezó largo mientras mamá abrazaba fuertemente a Juan sentada en el piso a su lado. Tras una pausa, papá dio dos pasos en dirección de la ventana, sintió un viento helado en el pecho. Se acercó mucho más y en voz tenue, pero tranquila le dijo a Juan — ven hijo, creo que lo veo, lo veo—.
Juan no quería pararse, ni loco dejaría de estar al seguro en los brazos de mamá para ir a ver ese monstruo desde la ventana; “qué papá se encargue”, pensó.
Pero papá, en cuclillas en frente a la ventana, insistió extendiendo la mano en dirección de ellos y haciendo señales de que podrían acercarse y seguirían seguros, un poco como hacen los espías secretos cuando se están acercando de incógnitos a algún lugar, y le hacen señas a sus compañeros de equipo.
Se pusieron de pie despacio, sin liberarse del apretado abrazo y en dos pasos llegaron donde papá, agachados como viejitos encorvados.
Juan—dijo papá— voy a mostrarte tu monstruo. Y corriendo hacia la derecha la cortinilla de la ventana del baño, dejó ver el marco entre abierto (eso explicaba el viento helado) y empujándolo suavemente abrió de par en par la ventana develando el gran monstruo morado: la cometa nueva de Juan que en la tarde se había quedado atrapada, rota, entre las ramas del gran sauce llorón que vivía en frente al baño y por cuyas ramas tantas veces se había bajado y subido Juan.
Después de un silencio corto, rompieron en carcajadas hasta retorcerse en el piso con las manos en la panza. Lo que producía tan extraños sonidos al final si era morado, pero no era un monstruo, era una cometa perdida que pedía ayuda “a gritos” para ser reparada y poder volver pronto a volar alto en el cielo.
La imaginación es una herramienta poderosa, depende de nosotros que nos sirva para hacernos bien y no mal. Ella se alimenta de lo que pongamos en nuestra mesa, asegúrate de alimentarla bien.
Alejandra Ruíz Gómez Octubre 3 de 2022 Bogotá, Colombia NOTA: este cuento fue escrito para y publicado en audio cuento por Cuéntame (Unimos a las personas a través de las historias. ❤️ 🎧📚Creamos audio cuentos para acompañar a las familias en su rutina de ir a dormir)