-“Mamma, para qué sirven los gatos y los perros?” me preguntó Federico mientras acariciaba a nuestro gato Rakki de siete kilos y ocho años (el gato, no el niño!)

Lo miré enternecida con su pregunta maravillosa y le dije: 

-“qué pregunta tan interesante y bonita hijo, dime tú primero qué crees y luego yo te diré qué creo yo”.

-“Pues creo que existen para consentirlos”

¡Qué maravillas las que crean el asombro y la inocencia combinados!, ¡qué deleite oír esas preguntas increíbles y permitirse jugar a no saberse la respuesta!

Un juego que aprendí a hacer con mi hijo desde que comenzó a preguntar por todo, pues me parece mucho más fascinante explorar qué hay en su cabecita y las maneras en que está percibiendo e interpretando el mundo, que simplemente darle una respuesta de cajon, de cualquiera de los cajones que he construido yo en mi camino. Prefiero darme la oportunidad de que sea el quien tal vez cambie el contenido de uno de mis cajones ya llenos de hechos por un poquito de posibilidad, de sueño, de fantasía.

Y al final no es que sepa la respuesta del todo, ¿o sí? A ver, ¿para qué existen estos seres vivientes que terminan haciendo parte de nuestras familias? 

Se me ocurren varias respuestas como la que le di a mi hijo: “existen para que nosotros los humanos aprendamos a cuidar a un ser vivo que no se puede defender solo, a querer sin condiciones y a hacernos responsables por su bienestar”; pero se me ocurren otras varias como que “existen para hacerle compañía a las personas que ya se quedaron sin humanos” o que “existen porque aún no los hemos exterminado”, o “porque la evolución y nuestra influencia los ha humanizado y ya no pueden vivir sin estar domesticados”, o la clásica de los papás ocupados “porque sí, porque existen y punto! Como todos los demás animales”.

Me alegro de no haberle dado la última respuesta, y que esa no sea una de las respuestas que usualmente le doy a mi hijo. ¿Por qué nos acostumbramos tan fácilmente y nos sentimos tan a gusto creyendo que nos las sabemos todas? ¿Por qué nos negamos la posibilidad del juego con la realidad, de la exploración, de las posibilidades?

Los niños, todos, son ventanas para que nosotros los adultos nos demos permiso de volver a mirar con inocencia y asombro la realidad que nos rodea, para volver a mirar “más rico”, si me permiten.

Ellos tienen los lentes limpios completamente, cero prejuicios, cero preconcepción están en un estado permanente de absorción sin filtros en los contextos en los que se mueven, en ese “vivir el presente” que tantos adultos ahora buscamos desesperadamente para acallar los efectos del estrés y la ansiedad. 

Ellos son los maestros, los maestros del asombro y la observación, dejémonos enseñar!

Para aprender de ellos no se necesita más que una tonelada de humildad para aceptar que está bien que mostremos que no nos las sabemos todas así creamos saber que tenemos la respuesta, está bien incluso ¡que no nos las sepamos todas! O que nunca en nuestra vida nos hayamos formulado esa pregunta u observado ese detalle que nos señala ese ser pequeñito al lado nuestro. Se vale. Dejemos por un momento esa necesidad urgente que nos sembró el colegio en el cerebro que el primero que da la respuesta es el mejor… ¡qué tristeza!

¿A quién le interesa ser el mejor cuando puede divertirse explorando las posibilidades, cuando puede permitirse una clavada extrema en el momento presente teniendo como trampolín el asombro de un niño? 

A mi no, seguiré diciendo que no sé la respuesta y seguiré invitando a Federico a explorar las posibilidades conmigo porque simplemente estoy convencida que cuando cese la exploración, cesarán las ganas y la vida.

Bogotá, Colombia

Enero 10, 2020

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