Un cuento dedicado a todos aquellos que en algún momento han tocado estos umbrales; aquí he mezclado fragmentos de historias de otros con experiencias propias, vivencias sentidas en primera persona con otras muchas presenciadas de cerca… a todos aquellos que necesitemos recordarnos que de madera, no somos.

Eran las once y once de la noche y algo comenzó a oler a quemado. No era raro que percibiera este olor, porque usualmente era la primera en sentir este tipo de olores. Sus sentidos siempre habían sido muy agudos, al menos mucho más agudos que los de los otros.

Pero esta vez, por más que perseguía el olor a quemado por las ventanas, por el corredor del edificio, en cada rincón de la casa… no lograba identificar de dónde venía. Después de un rato decidió, frustrada, intentar ignorarlo y volver a la cama.

Allí tendida sobre la cama con los ojos abiertos de par en par, mirando en la oscuridad, se permitió por una rato perderse en ese deleite, uno de los pocos, poquísimos disfrutes que aún le quedaba: abrir los ojos en plena oscuridad esperando que la pupila se dilate lo suficiente y se acostumbre a la penumbra hasta ese momento en que, como por arte de magia se comienzan a identificar las siluetas de las cosas, en una tonalidad azul-grisácea. Si uno se queda allí suficiente tiempo, llega a experimentar algo similar a la visión de los gatos, porque poco a poco el ojo se adapta y logra descifrar tantos detalles del entorno como cuando la luz está encendida.

Esto lo sabía hace tiempo, pero no se lo había comentado a nadie. No a su madre. No a su hermana. No a su novio. Ni siquiera a su mejor amigo. Nada. De alguna manera se avergonzaba de admitir que hacía semanas (¿meses?) que no dormía, y claro cuando no duermes tienes mucho tiempo para experimentar con tus ojos y la oscuridad; mucho.

Cuando no duermes, también tienes mucho tiempo para seguir pensando, y para ella en ese momento resultaba práctico seguir pensando. Habían tantas, pero tantas cosas que resolver. Tantos asuntos que atender, tantas conversaciones que repasar en la mente una y otra vez tratando de predecir cualquier posible resultado y definiendo qué hacer en cada una de las alternativas. Y bueno, también las conversaciones ya pasadas era importante re-pasarlas por la mente;  o al menos así lo creía ella en ese entones. Hay que hacerlo para “ver qué es lo que tenemos que aprender” se decía a sí misma mientras recuperaba las escenas, las palabras, los gestos  de las conversaciones pasadas, que luego rumiaría por horas en plena oscuridad. 

Aprendió a soñar despierta, pero no ese tipo de sueños bonitos que nos llenan de ilusión hacia el futuro. Ella literalmente se quedaba despierta por noches enteras elaborando sus historias, sus “sueños”: saltando incesantemente del futuro hacia el pasado, sin estaciones intermedias, más allá que unos veinte minutos o media hora de sueño no-profundo que venía interrumpido por el peso de alguna de las muchas ansiedades que cargaba en los bolsillos.

Volvió el olor a quemado. Esta vez más intenso que nunca. Acto seguido volvió a ponerse en pie y se dirigió a la ventana abriéndola de par en par con la esperanza de finalmente identificar de dónde venía aquél olor intenso a materia quemada…muy quemada. De nuevo nada, asomó la cabeza varias veces para poder percibir la diferencia de aires, y afuera no olía más que adentro, esto era claro.

De camino hacia la habitación atravesó el corredor pasando en frente al espejo de cuerpo entero, y extrañamente sintió la necesidad de detenerse en frente de él. Mirándose, en la penumbra de la noche con los ojos ya calibrados para ver detalles en la oscuridad, se sorprendió. Hacía meses que no se detenía en este espejo. Es más, hacia más de un año que no se detenía en ningún espejo a mirarse, de verdad a mirarse con la total atención puesta en ella. 

Una lágrima densa y lenta se deslizó de la mejilla derecha, que en el espejo parecía ser la izquierda (como en la mayoría de los espejos); por primera vez en tanto tiempo volvió a mirarse a sí misma a los ojos. Se quedó fijamente mirando sus propios ojos como si fueran los ojos de otra persona, no los reconocía, no se reconocía en ellos. ¿Dónde estaba ella? ¿Quién era este ser que posaba frente al espejo, desmadejado, con la cabeza hundida, con la espalda curva, con esas grandes y profundas ojeras?

Otra lágrima salió esta vez de la mejilla izquierda (o derecha, en el espejo); y otra y luego otra, hasta que un estallido de lágrimas y sollozos derivaron en una sensación de vértigo insoportable que la tumbó al suelo.

El olor a quemado se hacía más intenso, “tal vez las lágrimas me agudizan el olfato” pensó.

Poco a poco, allí tendida en el piso frente al espejo, comenzó a entender que el olor a quemado venía de ella misma. ¡De ella misma! 

Olió sus brazos, y luego sus manos, también su pelo rizado…todo, absolutamente todo en ella olía a quemado. Habló en voz alta, como si conversara con la figura proyectada en el espejo:

— Pero, ¿cómo así? ¿Algo se me está quemando por dentro?

Fueron las últimas palabras antes de que llegaran a rodearla por detrás dos brazos calientes y amorosos; dos brazos que en ese preciso momento eran como un par de pilares fuertes, justo lo que necesitaba para no desmoronarse en mil novecientos pedazos en ese preciso instante. Unos brazos que le permitieron hacer lo que no había podido hacer en tanto tiempo, llorar y sentir, llorar y sentir. 

Y mientras lloraba y sentía, decía en voz alta:

— Me quemé… ¿a qué horas sucedió? ¿Cómo llegué hasta aquí? Nunca creí que me pudiera pasar esto a mi… a mi…

Los brazos que la sostenían pudieron finalmente ser escuchados, porque los oídos de ella finalmente estaban listos para escuchar, pues como dice el viejo dicho: no hay más sordo que el que no quiere oír. 

Y entonces, esa noche, ya pasada la media noche, sentada en el piso del corredor de su casa, frente al espejo de cuerpo entero, entre los brazos calientes y seguros de su pareja, ella finalmente se permitió escuchar con el corazón.

Le contaron de las innumerables cenas, almuerzos y desayunos que hacía meses había dejado de compartir, e incluso de los cafés, tes y jugos que había dejado servidos sin tocarlos durante meses y meses… le contaron de las muchas veces que con amor intentaron decirle que necesitaba cuidarse, que era más importante su bienestar que los triunfos y logros de sus actividades productivas… le contaron de las tantas veces que se dieron por vencidos sus seres queridos al tratar de compartir tiempo con ella, porque era más fácil salir en una cita con un ogro que soportar su irritabilidad constante… le contaron de la angustia y el dolor de verla deteriorarse día tras día, de sentir que no dormía casi nunca, de sentir cómo se iba desvaneciendo entre las montañas de trabajo, muchas reales y otras imaginarias… le contaron de cómo poco a poco sus carcajadas se transformaron en sonrisas y luego en un ceño fruncido permanente…le contaron de las muchas veces que habían pedido a Dios a gritos por este momento de auto-consciencia. 

Y allí, sentada en el piso del corredor de su casa, frente al espejo de cuerpo entero, entre los brazos calientes y seguros de su pareja, ella finalmente se permitió decir basta. Porque lo más peligroso de esta enfermedad es que se nos vuelve invisible, nos fuerza a ignorarla. Allí, rodeada por el amor más incondicional que había conocido, decidió romper con el ciclo, buscar ayuda y volver a empezar. 

Porque por fortuna, los seres humanos no estamos hechos de madera, cuando nos quemamos, necesitamos amor para poder apagarnos y podemos volver a empezar. 

Alejandra Ruíz Gómez
Julio 2 de 2024,
Merano, Italia

One thought on “%1$s”

Leave a Reply