Desde ese ángulo de la ventana podía ver claramente el carro. La línea roja lateral y las letras “BINIERI”. Las demás letras estaban cubiertas por las ramas de un árbol. Sabía que la estaban esperando. En silencio. Y sobre todo en desconocimiento de ese ángulo de su ventana desde el cual se veía claramente la calle entera, exceptuando por supuesto, las porciones que eran cubiertas por las ramas de los árboles.
No sabía por qué la perseguían. O tal vez si, sí lo sabía pero no lo entendía. Es más, lo entendía, sí; pero no lo comprendía, no lo compartía. La perseguían por sus palabras. Sus palabras comenzaban a ser peligrosas en un mundo donde las palabras ya no eran creadas por humanos sino escupidas por máquinas que las reciclaban del mar de palabras publicadas del pasado.
Ella no, ella seguía usando palabras nacidas de su cabeza. Ella seguía permitiendo que su pensamiento se dejara andar libremente y combinara las palabras de manera “poco probable”, una condición que claramente ya no era permitida en el mundo de la maquina escupe-palabras que funciona en esencia basada en probabilidades.
Por eso la vigilaban, los “Carabinieri”. La policía local. Porque sus combinaciones comenzaron a ser revolucionarias en un mundo que aprendió a pensar y sobre todo a expresarse dentro del marco de las probabilidades únicamente. La combinación “nieve hirviente” o “solitario feliz”, se salían por completo del algoritmo y las autoridades comenzaron a tener miedo.
Miedo de perder el control que habían ganado con tanto esfuerzo, con tanta inversión y con tanto tiempo de moldearnos hasta llegar a la medida perfecta. Primero la televisión, por unos años. Luego el internet, para que inocentemente depositáramos todas nuestras ideas, nuestras visiones, nuestras historias, todas nuestras creaciones. Luego las redes sociales, para que sintiéramos que era normal conectarnos por medio de una máquina, para que “normalizáramos” las mecánicas. Y finalmente la estocada que estaba planeada desde el principio, la inteligencia artificial: una maquina que aprende a pensar, ser y actuar como nosotros, con la información que nosotros mismos hemos creado, pero con instrucciones de gestión de probabilidades dictadas por otros. Y poco a poco nos fuimos adentrando en esa “normalización” y así como aprendimos a ver videos de fracciones de segundo y sentir que estábamos “aprendiendo”, nos acostumbramos a hablar en el lenguaje más “probable”, el que la máquina dictaba, el que mejor se ajusta a la situación (probabilísticamente hablando).
Poco a poco, sin darnos cuenta, murieron las expresiones inventadas, dejaron de crearse nuevas palabras. Las academias de las lenguas mundiales cerraron sus puertas porque por más de 50 años ya no tuvieron que volver a aceptar uno nuevo o a transformar un término existente. Simplemente aprendimos a vivir dentro de los confines de la información ya generada, procesada por la máquina, que crea por nosotros, basada en las probabilidades ecualizadas por la maquinaria que está detrás; la misma maquinaria que siempre ha estado detrás.
El vehículo de la policía seguía allí inmóvil. Era bien posible que decidiera pasar toda la noche allí. Ya lo había hecho en otras ocasiones. Apagaron las luces, para no ser vistos. Ella, en la oscuridad de la noche sacó su mejor arma, y comenzó a prepararla. Quería estar lista porque estaba convencida que esta vez si vendrían a llevársela. Porque esta vez, era muy “probable” que finalmente la silenciaran. Extendió su arma en el suelo, en la oscuridad, y con la luz de la ciudad que lograba entrar por las ventanas comenzó a prepararlo todo. Una detrás de otra, casi sin respirar fue poniendo sus palabras en una sábana, con pintura blanca.
Cuando la policía entro por la fuerza, a llevársela por cargos de violación a los parámetros probabilísticos establecidos por el régimen generativo mundial, ella estaba desnuda tendida en el piso con los brazos abiertos sobre la gran sábana color magenta. La misma sábana en la que luego la llevaron envuelta hasta la prisión. La sábana magenta estaba repleta de pequeñas frases con combinaciones extraordinarias de palabras como “las hojas violeta y rosa del otoño”, o “la caricia que se sentía como una tonelada encima”, o “su primer beso seco y frío la enamoró”.
Más abajo sobre la misma sábana decía en grandes letras blancas: “La palabra lo crea todo, devuélvanos el poder de la palabra”.
Alejandra Ruíz Gómez
Enero 28, de 2026,
Merano, Italia