Entraba a ese espacio por la segunda vez desde que llegué a estas lejanas tierras. Pero esta vez fue diferente.
Llegué más tranquila, sin correr ni mirar el reloj, sin pensar en el clima que me esperaba al salir, ni en las mil cosas que debía alistar para poder ir o volver.
Me acompañaba únicamente mi hijo mayor, que aún es niño pero ya puede hacer muchas cosas “por su cuenta”. Lo pongo en comillas porque mientras escribía este párrafo me interrumpió por lo menos cuatro veces para pedirme ayuda con algo. Pero así somos las mamás, cuando ya no nos necesitan cada microsegundo, sino cada minuto, sentimos que ya son más independientes.
Vuelvo al punto central del tema: éste lugar que me regaló la posibilidad de dedicarle mi atención. Los libros decorativos en vuelo suspendido sobre mi cabeza y el ambiente silencioso con olor a celulosa comenzaron a transportarme a lugares lejanos. Lugares que existen en el pasado, encapsulados en mi historia. Lugares que son tan distantes entre sí, tan diversos los unos de los otros que a veces a mí misma me parecen inventados.
Caminé por los pasillos de aquella biblioteca nueva, cómo quien reconoce el terreno con experiencia. Y mientras caminaba conectándome con todas las sensaciones de ese peculiar ambiente que se vive solamente allí, me transporté al pasado sonriendo por la sorpresa de que éstas imágenes vinieran a mi conciencia en ese preciso momento.
Me sorprendí pensando en todas las veces en que subí y baje las escaleras en espiral de la biblioteca de la universidad. Una combinación de dos elementos maravillosos de la vida: las escaleras y los libros. Unas escaleras de caracol circundadas de estanterías de libros, en las que podías ir leyendo los títulos mientras pisabas los escalones. Una verdadera combinación mágica ese lugar.
Esas escaleras que de una forma extraña eran un privilegio: no cualquiera podía entrar allí. Yo podía porque trabajaba en la biblioteca. Podía usarlas para pensar, para dejarme atrapar por algún tema nuevo, para imaginarme en otros espacios e incluso para llorar… ¡cuántas veces usé esas escaleras para llorar!
Llorar en silencio es un arte que, solamente quien ha sido bibliotecario alguna vez en su vida, puede hacer con verdadera maestría.
Unos momentos después, mientras seguía caminando por aquellos pasillos de biblioteca desconocida, me dejé succionar por la sección de arte y manualidades. En mi mente se movía la idea de encontrar algo que hiciera referencia al moldeado de cerámica en torno, pero después de recorrer un poco de Kandinsky y Picasso, me atropelló la sección de textiles con todos sus títulos en alemán.
Y se siguió expandiendo el reencuentro, esta vez con mi yo textilero. Ese yo que, visto desde la distancia de los años parece una historia contada por otros. Me volví a ver caminando por los grandes pasillos de las plantas productoras de textiles. Y concentrada haciendo ensayo tras ensayo en aquellas máquinas de tecnología alemana, siempre tecnología alemana.
Me vi de lejos como si fuera otra persona. El cuento de otro. ¿Quién podría imaginar que esta mamá, ama de casa, inmigrante, tendría tantas historias de “yo” pasados por contar?
Escribo el punto de interrogación de cierre de la pregunta anterior, sin evitar pensar que así debemos ser un poco todos. Que a mi lado hay personas con universos de historias tan variadas como las temáticas de los libros de ésta biblioteca. Que de darnos la oportunidad de abrirlos, encontraríamos una cantidad de historias de las versiones pasadas de todas esas personas que hoy etiquetamos como A o B, como ésto o lo otro por su condición, actividad o apariencia presente. Seguimos automática y lamentablemente, juzgándonos a todos por la portada.
Incluso, y cuántas veces, nos juzgamos a nosotros mismos. Tratando de encajar la riqueza de nuestra existencia detrás de un título, de un trabajo, de un diploma, de un rol que posiblemente ni siquiera ha sido definido para nosotros, ni mucho menos es apropiado. Detrás de roles que nos han impuesto en los cuales no encajamos realmente, pero igual nos hacemos a la idea de lograrlo, así sea como encajar una esfera en una caja prismática.
Se necesita una escalera de caracol mental, para permitirse sentarse y tomar un libro a la vez, pasar sus páginas, ir más allá de aquellos capítulos que puedan parecernos obvios, porque muy seguramente, entre líneas, encontraremos historias sorprendentes, historias que jamas hubiésemos imaginado encontrar detrás de esa portada. Y por qué no, ya que nos hemos sentado en la escalera, permitirnos compartir un par de sentidas lágrimas.
Alejandra Ruíz Gómez
Julio 4 de 2023,
Merano, Italia