El aprendizaje se nos aparece en los momentos menos esperados y al final de cuentas, si uno tiene los ojos bien abiertos, en todo momento.
Cuando voy a recoger a mi hijita de tres años al cierre de su jornada en el jardín infantil, caminamos y conversamos sobre varios asuntos críticos para la existencia. Más que todo, conversamos sobre lo que nos encontramos en el camino, cosas que observamos y sobre las cuales generalmente ella me hace una pregunta, o decreta una realidad. Hemos visto perros que ella insiste en llamar lobos, palomas que ella decreta sin titubear que son gaviotas y niños de más de 5 años que ella denomina bebés. Cuando ella define lo que observa en su entorno, por ahora, no hay mucha negociación ni argumentos que puedan ser válidos para hacerla cambiar de opinión, desde su punto de vista esa es la realidad.
En esta ocasión nos encontramos con un dibujo, posiblemente elaborado por uno de los niños de la escuela media por la que caminamos de regreso a casa, en la que se veía una figura negra con un par de ojos verdes alargados sobre un fondo de color café. Ella muy sorprendida dijo, en esa vocecita que en la escala entre el susurro y el grito se acerca peligrosamente más al segundo que al primero: “guarda mamma, un fantasma” (mira mamá, un fantasma).
Esta vez quise intervenir, porque mi punto de vista (y un pedacito de mi ego) me obligaron a hacerlo. Intenté explicarle que lo que estábamos viendo no era un fantasma, que era un gato negro porque los fantasmas no tenían cola. Intenté pedirle que se acordara de nuestro propio gato para que encontrara alguna similitud, pero claramente la imagen para sus ojos, no era una abstracción de un gato, pues no se veía el cuerpo entero del animal, y poco a poco, mientras ella insistía en que era un fantasma, comencé a permitirme volver a mirar, volver a mirar de otra manera lo mismo que ya había sentenciado desde mi punto de vista que era un gato.
Intenté ponerme en sus zapatos, y contemplar la posibilidad de que esto que estábamos viendo, pudiera ser visto por otra persona como un fantasma. Y sí, cuando me quité el prejuicio de mi gato, cuando levanté las gafas de mi punto de vista por un momento, contemplé la posibilidad de que esta figura pudiera ser un fantasma negro y que aquello que para mi ilustraba tan claramente una cola de gato, podía ser también esa parte final de los fantasmas dibujados que se va reduciendo hasta perderse como humo en el aire.
Calmé su insistencia diciéndole que sí, que ya veía el fantasma y ella respondió con una sonrisa y con un “te l’ho detto” (te lo dije). Mi impulso mental me empujaba a decirle que podían bien ser las dos cosas, porque dependía del punto de vista, y que los puntos de vista son tan diversos como personas hay en el planeta. Pero me contuve y seguí caminando, reflexionando y reflejando en esta realidad muchas otras realidades que han sucedido en mi vida en el periodo reciente.
Reflexionando sobre la capacidad que tenemos de convivir con los diferentes puntos de vista, sin declarar nuestra verdad como la única. Pero también sobre la importancia de reconocer y respetar los procesos de los otros. Posiblemente para nosotros sea más fácil ver algo que para otros no, y eso no significa que no quieran verlo, más bien es posible que no puedan verlo porque sus procesos de digestión de este mundo son diferentes a los nuestros, en calidad, velocidad e intensidad. Exigir que otros puedan pararse exactamente desde nuestro punto de vista, en el momento exacto en que queremos o necesitamos que lo hagan es una utopía.
Cada uno navega un proceso diferente, que le permite observar su realidad de maneras diferentes a las que la observaría una persona externa que ya haya pasado por esos procesos, o incluso que ni siquiera tenga idea de lo que son o significan esos procesos. Como mi hija, ella no ha pasado por el proceso suficiente para haber interiorizado esos códigos pre-definidos por el mundo que nos rodea que hacen que yo con una sola mirada pueda decir que el dibujo es (indudablemente) un gato negro. Su proceso es otro, y aunque en este caso yo lo entiendo y he pasado por allí, nada me da derecho a forzarlo ni a imponerle mi punto de vista como una verdad.
De esta caminata con mi hija me queda una profunda reflexión de cómo se nos hace cada vez más necesario reconocer que todos atravesamos procesos, que incluso cuando pueden ser similares, nunca son iguales y que todos tenemos el derecho y el deber de respetar los procesos en los que andamos. Pero más aún, comprender que algunas personas atraviesan procesos que nosotros nunca hemos cruzado, y que desde nuestro punto de vista tenemos una panorámica incompleta para poder emitir un juicio de valor.
La próxima vez que te encuentres en contraposición con el punto de vista de alguien, pregúntate en qué procesos estará. Posiblemente dentro de unos años mi hija podrá estar de acuerdo con el gato del dibujo, pero hoy, hoy no. Y eso, está bien porque es su proceso y no el mío.
Me quedé pensando que posiblemente los fantasmas son esos procesos, que nunca reconocemos ni en nosotros mismos, y mucho menos en los otros, y están ahí presentes detrás de los comportamientos y de los puntos de vista de todos, pero no los vemos porque estamos acostumbrados a ver solamente el gato.
Alejandra Ruíz Gómez
Enero 20. 2025
Merano, Italia