Y entonces entramos a formar parte de una película de ciencia ficción, siendo protagonistas sin siquiera haber hecho un solo casting. Sin siquiera haber recibido el libreto o el “logline” de la trama. No sabemos con certeza cuándo comenzó, y además no tenemos idea cuánto tiempo pueda durar. 

Nos ordenaron usar de manera permanente un vestuario que jamás habíamos usado, y que por supuesto no sabemos usar. La regla sine qua non es tener la cara cubierta, al menos la nariz y la boca, e idealmente adicionar cualquier artefacto que nos obstruya el acceso de las manos a la cara, cosa que se convierte en un gran reto cuando caemos en cuenta que esta acción la ejecutamos los seres humanos regularmente unas 20 veces cada hora. 

Además de esto, todos los actores debemos evitar el contacto al máximo, haciendo que los diálogos inventados que antes improvisábamos en un encuentro cotidiano de vecinos, de colegas o de transeúntes que paran en el mismo semáforo, desaparezcan poco a poco o se limiten a una gesticulación muda inclinando la cabeza al estilo oriental que no se nos da muy bien por estas tierras de la algarabía.

Estas fueron las reglas del juego, tuvimos que actuar de esta manera para seguir haciendo parte de esta historia, que tiene principio borroso, un enemigo directo pero invisible, varios enemigos visibles pero indirectos, y muchos, pero muchos héroes anónimos.

Por primera vez, dentro de esta trama que desconocemos porque se escribe a diario, pudimos entrar a un banco con la cara cubierta casi por completo y hacerlo nos ahorró muchos problemas. Es mas no hacerlo, llegar allí con la cara descubierta, hubiese resultado extrañamente en la imposibilidad de entrar a ese lugar que lleva más de cuatro décadas basando su seguridad en la visibilidad total de las caras de sus visitantes. 

Entramos en filas más ordenadas de lo que jamás habíamos imaginado, guardando distancia mientras obedecemos a unas marcas que sobre el suelo nos señalan quedarnos lejos del siguiente actor delante de nosotros. Otro actor que llegó sin ser avisado a esta película loca, en que ya no nos damos la mano y en la que las sonrisas están escondidas permanentemente.

Esta nueva realidad en la que un estornudo genera más miedo y sospecha que un arma blanca y un abrazo es el riesgo de amor más grande que se puede correr, aprendemos a vivir sin libreto, creando nuestro nuevo día a día, guardando muy en lo profundo la esperanza de re-encontrar algo de la normalidad del ayer uno de estos días, ojalá no tan lejano.

En este momento en que pareciera que el tiempo se detuvo, así como los ciudadanos que están en su gran mayoría lejos de las calles, lo urgente dejó de existir o por lo menos perdió todo significado. Estar afanado en tiempos de pandemia es un despropósito. 

Y esta es una de esas cosas buenas que podría dejar este experimento cinematográfico mundial: que dejemos de correr por lo que no vale la pena correr y comencemos a invertir ese esfuerzo en ocuparnos de lo verdaderamente urgente. Lo que no puede esperar ni media generación más, como aprender que debo pensar en el otro para ser realmente responsable conmigo mismo, como pensar en la naturaleza primero y en el negocio después, como valorar los abrazos antes que los regalos.

Nunca fue tan difícil improvisar en un escenario, con reglas tan estrictas, sin mas que los ojos como mensajeros y la voz disfrazada tras una distorsión de tela que le cambia el tono mientras dificulta hablar de corrido. El arte de la improvisación que exige de nosotros estar disponibles para lo que nos pida la escena, para conectar con el otro y hacer sentido a lo que se va construyendo sin preacuerdos definidos. Hoy nos tocó a todos lanzarnos al ruedo sin calentamiento, sin instrucciones y sin maestro de teatro que nos genera un poco de seguridad en esta película retorcida que es la nueva realidad.

Pero aquí estamos de pie en el escenario viendo a los demás en sus ventanas y dejando que nos vean en las nuestras, cada día más nosotros, cada día menos otros, improvisando en el acto que podrá definir a una generación entera: la generación que presenció la pérdida del abrazo callejero entre viejos amigos y el estrecharse las manos entre extraños que intentan dejar de serlo. 

Alejandra Ruíz Gómez
Mayo 1 2020
Bogotá, Colombia

2 Replies to “LA NUEVA REALIDAD”

  1. Te quiero, no me gusta esta nueva realidad! Soy abrazoadicta y ahora no se como voy a recargar mi batería interna sin ellos.

  2. Amo!!! Una generación a la que le parecía imposible hartarse de la tecnología y que hoy anhela traspasar las pantallas y poderse tocar

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